SEPULCROS BLANQUEADOS


Escrito por: Aker, Manuel Jim  y Tardón.

 

Aventura sencillita para un grupo de entre dos y tres PJs, preferiblemente valentones, soldados o similares. Por motivos de guión es necesario que al menos dos de los PJs se conozcan y sean buenos amigos (tal vez de una aventura anterior), aunque hace algún tiempo que no saben el uno del otro y se han perdido la pista mutuamente. Otra posibilidad interesante es que conviertas a Gaspar en un PJ, quizás para un jugador que haya perdido su PJ en una partida anterior…

Madrid, 1622…

Prefacio
Hace ocho años, un grumete llamado Juan de Salamanca, conocido entre la gente de la carda como Virutas y su pala (cómplice, aprendiz de ladrón), un tal Gaspar Morillas, tuvieron ese golpe de suerte que la inmensa mayoría de los ladrones persigue fútilmente durante toda su vida: estos dos pícaros lograron desvalijar el palacio de un noble en el cual se guardaba una importante cantidad de dinero y valiosas joyas. Sin embargo, cuando a la salida se descolgaban sigilosamente por la pared trasera del caserón fueron descubiertos por la gura, la cual atrapó a Gaspar mientras Juan se daba a la fuga con el botín. Pese a ser cruelmente torturado para que desvelase el nombre de su compinche, Gaspar, que por aquel entonces era bastante leal a su compañero y maestro, guardó un obstinado silencio al respecto. Finalmente el joven fue condenado a ser enviado a galeras, donde ha pasó seis años apaleando sardinas.

Mientras tanto Juan de Salamanca, apodado Virutas por haber sido aprendiz de carpintero en su juventud, huyó de la Villa durante una temporada mientras el asunto se enfriaba. Un año después regresó a Madrid donde, bajo el pretexto de que había heredado una importante cantidad de dinero de un tío emigrado a las Americas, invirtió parte del botín obtenido en conseguirse las licencias necesarias para abrir un garito de juego y dos tabernas. Ahora, ocho años después, Juan se ha convertido en un respetable comerciante felizmente casado y con dos hijos pequeños; regenta o administra varios establecimientos, incluyendo una tienda de paños de la Calle Mayor perteneciente al padre de su mujer, y tiene bastante dinero invertido en varias oscuras aventuras comerciales relacionadas con la casa de contratación de Sevilla.

Por su parte, Gaspar logró sobrevivir a su paso por las terribles galeras. Al cumplirse su condena fue liberado en Cádiz. Gaspar intentó entonces encontrar un trabajo honrado, sabe Dios que lo intentó. Entró a servir como criado de un hidalguillo con más honra y aires que dineros en la bolsa. No aguantó mucho, pues si es cierto que la cabra siempre tira al monte no lo es menos que la gente de mal vivir no sabe vivir de otra ninguna manera que no sea mala: pocos meses después, Gaspar robó de la vivienda de su amo todo aquello que tenía algo de valor y no estaba clavado al suelo y huyó de la ciudad, llegándose a Sevilla, en donde ha pasado los últimos dos años trabajando de apuntador en un madracho de juego de esta ciudad. Fue precisamente durante una partida de naipes cuando un blanco que hablaba demasiado y no atendía el juego lo suficiente habló acerca del hombre para el que trabajaba: un tal don Juan de Salamanca, un próspero comerciante poseedor de varios negocios en la capital de las Españas. La sorpresa que le produjo a Gaspar, al que ahora llaman el desdentao (porque ha perdido casi toda la dentadura a causa del granítico bizcocho que constituye la comida en galeras) el reconocer el nombre de su viejo compadre sólo es comparable a la cólera que le sobrevino al darse cuenta de que éste había edificado su fortuna a expensas de su sudor y de los azotes sufridos en galeras. Apenas una semana más tarde Gaspar cogía el coche de postas con destino a Madrid.

Una vez allí, se dirigió a la residencia de Juan, situada en el barrio del Mercadillo, y comenzó a vigilar la casa con el propósito de asegurarse de que no había errado de persona. Comprobada la verdadera identidad del comerciante, Gaspar esperó hasta el siguiente domingo, día en el que éste acudió junto con su familia a misa en la parroquia del barrio. A la salida de los oficios, Gaspar se encaró con Juan acusándole poco menos que de haberle robado su vida; éste, reconociendo a su antiguo compañero de correrías y ante las burlonas miradas de sus vecinos, se lo llevó a un aparte e intentó razonar con él. Fingiendo estar muy contento de volver a ver a su viejo camarada, escuchó con interés todo lo que éste le dijo acerca de lo que le había acontecido después de ser detenido y le prometió tanto compensarle todas las penurias sufridas como recompensarle por no haberle delatado a la gura en su momento, empezando por pagarle el alojamiento en una buena posada.

¡Ay, pero que efímero es el agradecimiento de los hombres! Una vez marchó para su casa, la idea de que en realidad nada le debía a ese infeliz de Gaspar empezó a arraigar en la mente de Juan: ¿Acaso no había construido su propio acervo partiendo del dinero que el buen Dios había querido poner en sus manos? -se decía a sí mismo mientras volvía hacia su casa- ¿Y no era acaso el mismo Dios quien había querido que a Gaspar lo mandasen de gurapas mientras a él le había reservado otro camino bien distinto? No, indudablemente si Dios hubiera querido que Gaspar fuera un hombre rico ya lo hubiera sido en su momento, y quién era él pues para contradecir la voluntad divina…

Por supuesto, lo siguiente que hizo Juan fue contratar a dos jaques para que acabasen con el interfecto, acto que intentaron llevar a cabo la noche siguiente en la misma puerta de la posada. Afortunadamente para el desdentao, la suerte estuvo de su lado y uno de ellos resbaló sobre la bosta de caballo que cubría la calle, permitiendo que Gaspar le diera una buena mojada que casi le deja a las buenas noches, y pudiendo encararse con el otro en igualdad de condiciones mientras pedía socorro a gritos. Desgraciadamente para él, Gaspar no sabía medir la hoja tan bien como su oponente y pronto se encontró contra una pared y a la defensiva. Cuando estaba a punto de ponerse a pedir confesión, quiso la suerte que atraída por los gritos de auxilio de Gaspar hicieran aparición los corchetes, ante lo cual el valentón decidió tomar las de Villadiego, no sin antes haberle dejado de recuerdo a Gaspar un par de arañazos superficiales y un buen puntazo en un muslo que lo dejará cojitranco durante el resto de aventura. El alguacil al frente de la ronda resultó ser un viejo conocido del desdentao, uno que ya le tenía ojeriza de su época como grumete, y que no creyó ni una sola palabra acerca de que él sólo se estaba defendiendo de un asalto. El resultado: Gaspar fue detenido y encarcelado en la cárcel de la Villa por participar en la reyerta.

Al enterarse del desenlace de la escaramuza, Juan tuvo miedo de que cuando su antiguo compadre saliese de la cárcel fuese a por él, así que adelantándose a los acontecimientos se acercó a la cárcel a llevarle algo de comida, vino y dinero, queriendo dar así a entender que él no había tenido nada que ver en el feo asunto de los emboscados, y que todo debió de ser solamente un intento de robo casual. Además, Juan se ha ofrecido a “hacer todo lo posible” (es decir, untar a quien sea menester) para que Gaspar salga cuanto antes de la cárcel…

En vista de los hechos, Gaspar, que no acaba de fiarse del todo de las buenas intenciones de su antiguo amigo, decide granjearse la amistad de alguno de los rufos que hay encerrados con él con la esperanza de que éste le ayude a defenderse tanto dentro como fuera de los muros de la prisión y, de paso, le sirva de catador involuntario por si a Juan se le ha ocurrido envenenar las viandas que le ha traído. Y la cosa es que la ocasión se presenta sola: tres piojosos rufeznos intentan quitarle las botas a un hombre cuyo rostro denota cierto nivel de decencia y de ser gente de bríos, Gaspar interviene en la subsiguiente riña y entre ambos, un par de puñadas aquí y un par de mojicones allá, al rato se encuentra compartiendo el vino y la comida con el desconocido…

La aventura…
U
no de los PJs, por los motivos que sea (¿un lance que salió rana?), acaba de pasar una temporada en la cárcel de la Villa, en donde ha hecho buenas migas con un cojuelo (a causa de la reciente herida en el muslo) que atiende al nombre de Gaspar Morillas el desdentao; un tacaño simpático y saleroso que, vaya usté a saber por qué, ayudó al PJ cuando un grupo de reclusos intentaron quitarle las botas. La cuestión es que, casualidades de la vida, también a ambos los soltaban el mismo día, así que a falta de otro plan mejor nada más natural que ambos hayan continuado juntos, más todavía cuando el tal Gaspar le ha asegurado que anda detrás de un negocio del que el PJ también podría verse grandemente beneficiado…

El otro PJ (o PJs), se encuentran pasando una mala racha y sin trabajo, por lo que andan bastante escasos de montante. La aventura comienza cuando uno (o dos) de los PJs, junto a tres o cuatro valentones más, son contratados por un hombre del que si no hubieran viendo sus trazas (ropa de calidad, con una enorme y almidonada valona a la flamenca del tipo que en enero del año siguiente se prohibirá por ley, medias de algodón, etc.) hubieran jurado fuera el trainel de la peor manfla de todo Madrid (por cómo domina el habla de germanía). La cuestión es que su empleador desea que le acompañen esa misma noche a resolver un asunto a un figón del barrio de la Malicia. Las instrucciones que les dará son sencillas y claras: dos de ellos deberán entrar en el local y tomarse algo hasta que él entre a hablar con la víctima. Los demás esperarán fuera emboscados en las cercanías del garito. Una vez él haya acabado de decirle lo que debe al hombre saldrá por la puerta. Entonces, uno de los dos jaques que estén dentro del local deberá salir para indicar a sus compañeros a quién deben atacar, que no es cuestión de equivocarse de persona y apiolar a un pobre infeliz que salga a la calle a aliviarse la vejiga. El otro se quedará dentro del local para poder atacarle por la espalda cuando éste salga (y de paso cortarle la retirada dentro del local), que metidos a negocios de jugarse la vida tirando de espada no es cuestión de andarse ahora con escrúpulos, que si alguno de los presentes los tuvieran para empezar no se dedicarían a estos menesteres. Y como podéis ver no es mal plan, que los mejores de todos son los más sencillos.

Volvemos al otro PJ, el cual se encuentra tomando el sol de la tarde en la calle Alcalá mientras espera a Gaspar, el cual ha marchado a solucionar ciertos asuntos relativos a su misterioso negocio (ha ido a hacer que un estudiante que conoció en la posada donde estuvo alojado le escriba una nota en la que emplaza a Juan a encontrarse con él, nota que luego entregará un mozuelo en la casa de Juan). Cuando Gaspar vuelve de resolver sus asuntos éste le informa de que esa noche irán a encontrarse con un hombre que ha de entregarle un dinero que le debe; la cita es a medianoche en el figón de maese Viruelas, situado en el barrio de la Malicia, un lugar bien extraño para resolver un negocio de este cariz. De todos modos, su compañero no parece muy dispuesto a hablar más acerca del tema, y lo único que le dirá al PJ es que debe estar preparado por si el asunto se tuerce y hay “problemas”.

El figón de maese Viruelas
Este repugnante local es el lugar elegido para la cita. Hoy parece ser un día bastante tranquilo en el figón, cuando entran apenas hay un par de habituales bebiendo el repugnante vino “de Toledo” que sirve una moza bastante poco agraciada, la pobre. Gaspar y el PJ llegarán pronto y podrán decidir lo que hacen, si es que hacen algo. La idea con la que va Gaspar es que el PJ se quede por el local simulando no conocerle y que sólo intervenga si pintan bastos y a él le toca cantar el triunfo de espadas.

Al mismo tiempo, Juan de Salamanca ya ha reunido a su tropilla de valentones y va camino del figón. Una vez allí, escogerá a dos de ellos (no serán los PJs) y les dirá que entren, un par de minutos antes de hacerlo él mismo. Los demás, con aire profesional, tomarán posiciones en los rincones oscuros de la calle, a la espera de ver como se desarrollan los acontecimientos. Un par de barateros (¿te suenan?) que ronda por los alrededores del figón, al ver las hojas desnudas y prestas que lucen los presentes harán un discreto mutis y dejarán el negocio para otro día.

En fin, la cuestión es que el establecimiento se irá llenando poco a poco de la habitual colección de gentes de la carda que forman la parroquia del local. Poco después de la medianoche hará acto de presencia un hombre bien vestido, algo que hará levantar más de una ceja y más de dos entre la fauna del local. El caballero apartará su capa, dejando ver un coleto de cuero y una afilada toledana, echará una fiera mirada a su alrededor y se sentará a la mesa de Gaspar, con quien comenzará a departir amigablemente. Juan le dirá a Gaspar que, en virtud de la vieja amistad entre ambos y de lo mucho que moralmente le debe, ha dispuesto el hacerle entrega de una gran cantidad de dinero que, espera, le compense por los infortunios pasados en galeras. No, no ha traído el dinero personalmente, pero eso es porque es una cantidad demasiado grande como para ir paseándola por ahí, y menos en este barrio. En un par de días su secretario lo habrá reunido y podrá hacerle entrega efectiva del mismo, palabrita del niño Jesús.

Mientras los dos hombres hablan, un PJ observador que declare estar vigilando a la concurrencia podrá fijarse en la presencia de dos jaques (si dijo que su PJ ha estado vigilando la puerta los habrá visto entrar un poco antes que el hombre bien vestido) que no parecen quitar ojo a la pareja. Los dos hombres van armados con tanto hierro que parece que se dispongan a asaltar un bajel berberisco: ambos lucen coleto de cuero, y colgando del tahalí portan sendas mata amigos y vizcaínas sin ningún disimulo por su parte. Uno de ellos luce una fea cuchillada que le cruza la mejilla y parte de la nariz, la verdad es que tiene aspecto peligroso, aunque… ¿quién no en este local?

Tras unos minutos de animada charla, el recién llegado se levantará de la mesa, se despedirá educadamente de Gaspar y se irá por la puerta de salida. Al momento, uno de los dos rufos que vigilaban a la pareja le seguirá, quedándose el otro en el local. En ese momento Gaspar, con una sonrisa en el rostro, le indicará que se acerque a la mesa. A partir de aquí depende del PJ lo que quiera hacer, pero ten en cuenta que si el PJ se acerca a hablar con Gaspar (que le hace gestos para que se acerque) el valentón sabrá que ambos están juntos, lo que hará que esté precavido contra él.

Si el PJ se sienta a la mesa, Gaspar pedirá otra ronda, le dirá que el negocio se desenvuelve bien, y que pronto podrá pagarle algo al PJ por el favor que le está haciendo al acompañarle en la aventura. Si el PJ se acerca al rufo que vigila a Gaspar y le pregunta su interés por el desdentao, éste le responderá de bastante malas maneras, negando saber de qué demonios le está hablando el PJ. Si le presionan, las cosas pueden ponerse un poco violentas, lo que no es nada recomendable en un lugar como el figón de maese Viruelas. En cualquier caso el valentón evitará un enfrentamiento dentro del establecimiento, llegando a marcharse del mismo si no le queda otro remedio, que ya ajustarán cuentas en la calle…

En cualquier caso, al salir del establecimiento, dados apenas unos pasos y bajo la mortecina luz de cierta hornacina que todos conocemos (¡Dios mío, a este paso este lugar va a hacerse más popular que la fuente del acero!), Gaspar y el PJ serán atacados por los valentones emboscados, entre los cuales tenemos al otro(s) Pj(s). Una vez metidos en faena y a Gaspar y el PJ defendiéndose de tantos atacantes, será menester que el PJ que forma parte del grupo de valentones reconozca prontamente a su amigo (el otro PJ), ya que de otro modo veo difícil que Gaspar y él puedan salir con bien de ésta. Como eso de matar a tus amigos no está bien, esperemos pues que el PJ o PJs contratados por Juan cambien de bando y equilibren un poco el combate (sería apropiado, por eso de darle un poco de emoción, que en total hubiera algo así como uno o dos valentones más que PJs, aunque esto es algo que cada DJ puede ajustar a su gusto y a la “potencia de fuego” de su grupo), ya que supondremos que los PJs no van a participar en el vil asesinato de un amigo (al menos eso esperamos, que si lo hacen desde aquí damos nuestra bendición a que al siguiente PJ de los asesinados se le “escape” un disparo en la siguiente reyerta en la que se vean envueltos). De todos modos, los matones de Juan estarán tan sorprendidos de verse atacados por sus propios compinches que protagonizarán una vergonzante afufa en cuanto dos o tres de ellos hayan recibido un buen hurgonada. Por cierto que durante el combate Gaspar de poca ayuda será, que no es que sea hombre demasiado ducho con las armas y además su herida le perjudica bastante a la hora de meter mano con la ropera. Justito, justito podrá contener a su atacante hasta que los PJs pongan en fuga a los rufos.

Dadas las circunstancias, nos encontramos con dos líneas a seguir: la primera, en la que suponemos que los personajes mueren con un palmo de acero en los higadillos por su incompetencia en lances con la escoria de la Villa. Esta parte es más sencilla, porque la aventura acaba y los jugadores se pueden ir a un bar a buscar correrías.

La segunda opción, además de más interesante, es un embrollo de tres pares de calzas rojas: el jaquetón de la cara cortada, al ser herido y/o ver el asunto en franca desventaja, intentará llegar a Villadiego lo antes posible. Pero… ¡oh!, quiere el destino que al huir, deje caer sonoramente una llave de bronce tamaño grande con bastantes florituras que llevaba enganchada en una cadena que se ha roto en la trifulca.

Aunque puede ocurrir que el hombre muera en combate por un golpe mal defendido, y los PJ encuentren la llave de igual manera, pero si esto ocurre jamás sabrán a qué ojo de cerradura pertenece. De la llave se habla más tarde, que ahora se atienden otros asuntos.

La refriega, pues, acaba cuando la gura viene alertada por los ruidos y un par de lenguas rápidas, antes de que un dios os salve puñetero desgracie a alguien más de lo que ya está. La huida y el refugio van por cuenta de los personajes, que no es plan de describir ahora todos los rincones oscuros de la ciudad.

El plan de Gaspar

Gaspar, antes de desaparecer para no dormir la noche con compañía desafortunada (a la que él, por otra parte, está más que acostumbrado de sus tiempos de gurapas), cita a su compañero de aventuras (el PJ) y al posible (o posibles) nuevos amigos para el día siguiente en la Lozana Toledana, taberna al uso a quinientos pasos de allí mismo, adornando sus palabras con multitud de gracias, ya que, según él, “no todo ha sido escrito hoy para acabar esta historia”.

La Lozana Toledana es una taberna regentada por Luisa la Roja, una mujer prieta con largos tirabuzones rojos y pecas en la cara más que estrellas en el cielo, y unos pechos que deja entrever tan grandes como las cantaras donde sirve vino. Allí el desdentao convida a los personajes a un azumbre un poco flojo y les relata la historia real de su vida: el golpe que dio con Juan de Salamanca, su destino en galeras y la traición de anoche, y se convence de que no hay nada que hacer para entrar en razones con el comerciante, y que sólo las bravas maneras traerán justicia a su situación, así que, les propone un plan.

-… y cuando el malnacido del Virutas y yo dimos el golpe del que os acabo de hablar, nos trajimos con nosotros un torzuelo con más piedras engalanadas que pelos tenemos los tres en el pecho, amigos míos. Y estoy convencido de que el maldito zairo todavía lo tiene, ya que estaba loco por él. Aparte del torzuelo, estoy seguro de que podemos encontrar el suficiente montante como para estar tomando naranjas durante un buen tiempo sin preocuparnos de nada más. Eso sí, fuera de la ciudad, que el asunto ha de enfriarse porque después de que le meta mi filoso en los intestinos al maldito Juan de no sé donde y a su progenie, se va a hablar de esto durante más de una mañana.

Los personajes, pueden aceptar el reto o irse de la aventura por la puerta de atrás, cual zurrapas con trenzas y poca educación. De ser así, todavía les queda un capítulo que leer, que es el de la llave del jaque de la cara cortada. Y si deciden, como mala gente que son, ir con todo lo gordo a la casa de Juan de Salamanca, tampoco se librarán del cara cortada, así que tira las cartas, que viene Pepe.

La llave del cara cortada. Este hombre tiene un nombre, que no es otro que el de Ricardo de la Vega y Castro, excombatiente palentino con muy malas suertes. Anda negociando con una novicia pícara e irreverente de un convento de la Villa. La llave la escamotea cuando puede para proporcionarle acceso (y nunca mejor dicho eso de proporcionar acceso) a su siempre cumplidor amante, y darle comida cuando los campos están secos.

Pertenece a la puerta trasera del claustro, y si la llave no es devuelta con prontitud, la echarán en falta en el convento y empezarán a investigar un posible desliz de las novicias (novicias, por decir algo), y ya están bastantes poblados los sótanos de pequeños esqueletos como para seguir dándole de comer carne blanda a los gusanos.

Y no solo eso, sino que la monjita se sentirá tan ofendida para con Ricardo ‘caracortada’ de la Vega por su descuido (y su ausencia) que dejarán de negociar.

Y ya se sabe que es la falta de amor la que llena las tabernas y los excesos de lo mismo los camposantos, así que ahí tenemos a Ricardo, con su brazo tatuado finalizado en ropera pensando en Anacleta y en los muertos de los personajes.

Para conseguir la llave, no es necesario que Ricardo tenga que cruzar aceros, si los personajes tienen a bien darle lo que es suyo, claro que tampoco el rufián pondrá facilidades para decirles de donde es la jodida llave y para que sirve (antes, muerto).

En fin, dejemos que el destino mueva sus hilos y los personajes jueguen su papel: Ricardo aparecerá cuando menos se esperen, por delante o por detrás, y si es con un amigo, más.

El casón de Juan de Salamanca

En las afueras de la villa, donde las estrellas sólo brillan cuando los árboles las miran y todo el mundo oye cuando respiras, vive nuestro amigo el Virutas en un gran caserón, con su mujer, sus hijas, un galgo y el servicio.

El asalto, pues, es previsible que los PJs quieran hacerlo por la noche, ya que es más discreto, y en las palabras que continúan a éstas, se describirán varias pautas para “contraatacar” los planes de los personajes, ya que estos siempre son imprevisibles y no se pueden reglamentar todos.

Si el asalto se lleva de día, la fortuna querrá que Leandro, un mozuelo escondido en las cercanías amante de Antonia (la mujer del respetable cornudo de Juan) se percate de lo que ocurre y dé la alarma. Por tanto, se presentarán en la casa un destacamento de los corchetes de Madrid con ganas de que su nombre llegue a cargos más altos como el que degolló a un ladrón en casa de Juan, el de Salamanca (o de por ahí).

La casa tiene dos plantas, y dos puertas, una delante, y otra detrás, más pequeña y endeble (sin contar el sobrado abuhardillado lleno de cachivaches, polvo, chinches y ratas). La parte de arriba está formada por cuatro dormitorios (dos de ellos vacíos) y los otros dos con el matrimonio dentro de uno, y las niñas (de 9 y 7 años) en el de al lado. La parte de abajo tiene lo indispensable para la vida del comerciante: cocina, zaguán, salón y un despacho con multitud de papeles y cuentas del garito de juego (y a más de uno se le ocurrirá ahora que deberían haber asaltado ese garito y no la casa…). La puerta principal va a dar al zaguán, y la de atrás, a la habitación donde dormita el servicio. El servicio, pues, está formado por una mujerona grande y gorda llamada Jacinta y su viejo marido medio sordo que responde al nombre de Casiano. No son personas de buen batallar, pero sí de mucho gritar, sobre todo Jacinta.

Si gritan, despertarán a los de arriba, que bajarán a ver que ocurre y se liará allí la de San Quintín.

Gaspar no se andará con milindres e irá a por Juan en cuanto le vea aparecer, y si le sorprende en cama, le despertará a patadas para hacer notarle el futuro que le espera. Lo que sí le achantará el mirlo será batirse con las terribles niñas indefensas con llantina (y se supone que a los PJs, por muy mala gente que sea, también).

La reacción de la mujer al asalto será la de correr (desnuda) hacia la ventana más cercana para gritar socorro, aparte de insultar a los PJ (que siempre desahoga).

La situación está servida con los siguientes ingredientes: servicio viejo y gritón abajo, niñas indefensas y lloronas arriba, y matrimonio a pierna suelta en la habitación de al lado. El anillo que buscan los personajes lo tiene puesto la mujer, y no está dispuesto a dejárselo quitar tan fácilmente. Además de eso, escondido en un doble fondo del cajón del despacho, está el montante patrimonial de Juan de Salamanca, que da para que los PJs vivan sin menear las caderas durante un año, lo menos.

El desdentao no se irá de la casa sin acabar con su antiguo amigo y maestre, y estaría bien que si los personajes entran silenciosamente y decidan huir antes de que se líe en la planta de arriba, se encuentren con un Juan desvelado en la cocina (o a un Ricardo ‘caracortada’ husmeando y reclamando su llave a viva voz).

Tampoco es descartable que aparezcan fuerzas del orden a cortar la retirada de los PJs, y posibles secuelas donde aparezca gente fiel a Juan (el regente del garito de juego, por ejemplo) y se investigue quién o quiénes han podido ser los miserables que han hecho tal fechoría.

Despedida y cierre

Si los PJ no acaban en la cárcel, condenados a sufrir la enfermedad del cordel o muertos en alguna de las posibles refriegas, podrán irse de rositas y con la bolsa apretada de moa. Eso sí, les convendría airear las ropas, no sea que todavía huelan a ruina y le dé por cantar a algún canario.

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Publicado el 5 septiembre, 2014 en Capitán Alatriste y etiquetado en , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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