APOCALIPSIS 13:1


Escrito Por: Juan Martínez Retuerto

(Módulo para La Llamada de Cthulhu)

Son las noches más oscuras del alma las que siguen a los días en que la razón se ciega. Muestra de esto es la facilidad con las que unas palabras necias, pronunciadas en mala hora, encuentran terreno abonado en el que asentar sus raíces en los oídos de unos pocos inconscientes o desalentados, y de como a partir de ese momento se propagan como las ondas producidas por la caída de una hoja sobre las aguas de un estanque a toda una comunidad. Esta es la historia de como el hombre se vuelve loco en congregación y regresa a la razón en soledad. Y de como se vuelve loco por causas peores. Esta es la historia de un linchamiento. Y de otros sucesos peores.

Introducción

El esplendor de los primeros años 20 pasó de largo por el pueblo costero de Yokelville, Lousiana, sin ni siquiera detenerse. Sus campos, que hacía tres años anteriores clamaban por un agua que no caía del cielo, en la que fue una aciaga sequía, fueron azotados al comienzo de la primavera por el paso del huracán Tilman y se vieron anegados durante un mes por las aguas que el meteoro arrastró.

No acabaron aquí las desdichas de los locales; sin haberse terminado de secar las tierras, las pocas plantaciones de algodón que consiguieron salir adelante (junto con la pesca de marisco y cefalópodos, el único medio de subsistencia local), se perdieron por la aparición de un hongo que acabó a la vez con las pocas plantas indemnes y con las esperanzas de los desgraciados de Yokelville. Muchos optaron por marcharse al norte en busca de mejor suerte, huyendo de una tierra maldita. Y aquellos que no pudieron hacerlo, sumidos en la desesperanza y la pobreza, aún tratan de encontrar un método para escapar.

Los crudos hechos

Uno de los investigadores recibe en su casa una carta de la tía Emelina, octogenaria habitante de Yokelville, solicitando su ayuda para salir del pueblo. Brevemente le hace saber su deseo, que casi parece una necesidad, de marcharse de allí. La anciana no tiene teléfono.

Cuando los investigadores aparezcan en el pueblo, divisarán un lugar atrasado y casi fantasmal. Las casas tienen las ventanas entablonadas, con múltiples desperfectos originados por el huracán. Muchas de estas viviendas han sido evacuadas por sus dueños. Sus jardines son selvas donde las plantas campan por sus respetos, y en donde algún perrillo famélico intenta encontrar algo que comer. Lejos quedan ya aquellos días de esplendor del viejo Sur, de plantaciones inmensas de algodón, de esclavos y mansiones de estilo colonial.

Un pueblo que antaño fue próspero, hoy yace en la miseria. El pueblo en sí queda rodeado por unos pantanos intransitables donde incluso podrían morar caimanes o serpientes, con lo que el viaje allí es un dudoso placer, amén de una maniobra aventurada. En cualquier caso, la única carretera que comunica al pueblo con la civilización ha sido despejada de vegetación (que no de barro) y es factible viajar por ella con cierta seguridad. De hecho, lo único reseñable, hecho que el Guardián deberá mencionar de pasada, es que se cruzan con un carro tirado por un caballo, en el que van un viejo y un joven sentados en el estribo.

Primeros pasos

La anciana recibe a los investigadores en su casa y les ofrece una copiosa merienda servida por una sirvienta negra, Mammy Mae. Comienza en seguida su relato. «Ya no soporto esto más, y necesito que me llevéis a Nueva Orleans, a casa de la tía Jetty (su hermana). Este lugar ya no es el que fue. Ya no me queda nadie conocido. Y yo ya estoy muy mayor para seguir aquí. Todo se ha perdido, las casas, las cosechas. Todo. Antes esto era un lugar próspero, con su puerto, sus campos y sus riquezas.

Todo el pueblo olía a jazmines y a hortensias (…) Ah, ya me acuerdo a donde iba. La sequía, las ventoleras y las plagas han acabado con todo. Los que no se arruinaron o murieron, se han marchado. Ya no queda nadie. Y los pocos que aún siguen, van a peor. La semana pasada cerró el Sr. Lamond su tienda, la última que quedaba en el pueblo. No tenemos predicador ni médico. El sheriff murió y no han enviado a otro. Si me quedara, sé que moriría pronto. Ya no tengo más que a Mammy que me cuide, y a ella ya le falla la vista. Los que están en el pueblo, cada vez están más locos. Si no me creéis, que os cuente Mammy lo que pasó ayer por la mañana».

Mammy Mae se santigua tres veces, besa un mojo (un talimán o amuleto de la magia animista afroamericana) y cuenta lo que sigue: «Etaba yo con mi hemana Molly Sue en la plasa, cuando aparesió un vieho en un carro, si señó. Tocaba una campana y gritaba como e demonio que e fin de mundo venía poque semo uno pecadore, y diho que el Señó con su epada de fuego iba a vení a llevano al infieno, Señó. Y habló de que la cosecha y lo barco se habían perdío por nuetro pecado. Que eran la plaga que dise el Buen Libro que han venío. Y que el demonio vive aquí. Ay Señó. Ay Señó. Yo masuté y no ví más ná, que me fui coriendo… Y aluego oí grito y ecopetaso y pedí al Señó que se apiadara de mí y que no me llevara. Y hoy po la noche oí ma vese pun y pan y grito y creí que era el Agamenón (se refiere al Armagedón) que sa bía desatao… Y aluego más ná, hata orita. Ay Señó. Yo me quiero í daquí. Algo malo pasa». Ninguna de las dos tiene más información que ofrecer.

De qué va esto

Basicamente, lo sucedido es lo siguiente. Apareció en la plaza un predicador, «El dulce profeta» Bush, supuestamente para ofrecer su consuelo espiritual. Cuando suficientes personas se hubieron congregado en torno a él, comenzó a arengarles con unas dotes oratorias ejemplares, llenando los corazones de miedo. Citó sin parar a la Biblia, en concreto los libros de La Sabiduría, de Daniel, de Mateo, y sobre todo el Apocalipsis, en constante relación con la condenación de los impíos al fuego eterno, y al próximo día del Juicio. Habló a su vez de los desastres (sequía, inundaciones, etc), o como él los denominó, las plagas divinas, que habían sido enviadas por el Señor, en justo castigo a los pecados de esa comunidad, y como admonición de la segura condenación de todos.

En ese momento, un inválido que llevaba muletas fue tocado por el profeta, y por ensalmo, recobró las facultades de andar. Los cincuenta presentes (practicamente todos los habitantes del pueblo) estallaron en un éxtasis místico. No faltaron aquellos que en pánico, se arrojaron a sus pies, con los ojos llorosos, para suplicarle ayuda para salvarse. Afloraron en las manos de los pobres infelices los pocos dineros que les quedaban, que Bush recogió presto, repartiendo después bendiciones y promesas de segura salvación de las llamas del averno. Acabado esto, prosiguió con el número. Citó unos versículos del Apocalipsis, referentes a la Bestia. «Vi cómo salía del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas, y sobre los cuernos diez diademas, y sobre las cabezas nombres de blasfemia. Era la bestia que yo vi semejante a una pantera, y sus pies eran de oso, y su boca como la boca de un león…».

Aquí se vió interrumpido por una joven negra que casi histérica, decía haber visto a la bestia. Todo el mundo la observó, llenos de pavor. Se refería a una vaca que nació en la localidad, hace un par de semanas, poseedora de unas extrañas deformidades. El animal nació con dos cabezas, con un único cuerno central en cada una, y con cinco patas. Falleció a los dos días de nacer. Las gentes que allí estaban comenzaron a discutir. Unos decían que era una señal divina. Otros que una señal del demonio. Y Bush exclamó: «¡Es el fruto de coyunda carnal con el diablo!».

Unas palabras llevaron a otras, y la muchedumbre enfervorizada llegó a decir que el dueño, Zebulón Smith, era el mismo diablo. «¡Sí. Nunca ha ido a la iglesia!». «He oído cosas raras cerca de su casa!». Se escucharon otras similares conjeturas relativas al supuesto diabolismo de Smith, todas falsas. Pero el calor de los ánimos se avivó de tal manera que todos los presentes se constituyeron en un comité de linchamiento, para así, como buenos cristianos, librarse del demonio y procurarse méritos para la salvación eterna.

Aparecieron antorchas, escopetas, y con celeridad se encaminaron a la casa de Smith para ajusticiarle por todos los sufrimientos padecidos por el pueblo. Bush no fue con ellos, sino que se escabulló hacia su carro, estacionado en un callejón trasero. Por cierto, que nadie conocía al chico inválido que fue curado.

La historia avanza

De estos datos, los investigadores tendrán noticia cuando interroguen a los ciudadanos del pueblo, mediante el uso de las habilidades que mejor parezcan al Guardián. No toda esta información será entregada, y la que sí lo sea, que esté distorsionada según los diferentes testimonios ofrecidos por cada persona. En Nueva Orleans, unas tiradas apropiadas en la sede del periódico podrían resultar en la aparición de unos artículos que mencionan las calamidades de Yokelville. Tambien habrá uno que hable del nacimiento de la vaca. En el sótano de la tía Emelina hay también unos periódicos viejos que algo pueden contener, si son encontrados.

Con respecto al predicador, esto es lo que hizo. Junto a su ayudante, el inválido facultativo, y otro que permaneció oculto, se marcharon del pueblo. El ausente birló de las casas lo que pudo mientras que el reverendo sermoneaba y desvalijaba con sus palabras y sus dotes de santo milagrero. Pero ante la perspectiva de que el pueblo en masa se marchó a las afueras a impartir su justicia, vieron el cielo abierto para ellos y se dedicaron a robar cuanto les cupo en el carro. Se llevaron incluso un gorrino y dos gallos.

Tuvieron tiempo de matar una gallina en la plaza para comérsela, de la que no tuvieron reparo de dejar tripas, plumas y unos cuantos restos sanguinolientos. Contentos y con los estómagos repletos, se marcharon con la intención de repetir el show en otro pueblo de la región. Estos fueron, precisamente con quienes se cruzaron los PJs en la carretera. Hay que decir que a la entrada los del pueblo únicamente advirtieron al predicador, porque los otros dos se ocultaban dentro de la carreta. La tía Emelina no fue robada. Ni siquiera se enteró de lo que pasaba.

El misterio continúa

Dado que nadie acude al pueblo desde hace unos días, las huellas de la carreta pueden ser aún reconocidas en el suelo embarrado por su inmenso peso. En el futuro, podrán ir a otro pueblo o tener un encuentro con un caimán hambriento en el camino a la carretera general. Si son encontrados, aparecerán con ellos todo lo robado del pueblo.

La turba pueblerina acudió posteriormente a la casa de Smith, cerca de la playa, no encontrándole allí. Éste oyó la arenga en la plaza, pero permaneció oculto, porque oyó que le nombraban y porque vió que se ponía el asunto peligroso. Se escondió en una casa abandonada, y allí ha permanecido todo el tiempo, oculto, hasta que decida huir, o pedir ayuda a los investigadores para que no le linchen. Los del pueblo, entre tanto, le dieron fuego al escaso patrimonio de Smith. De la casa en llamas salieron huyendo cuatro figuras.

Tres se perdieron entre la maleza, y no fueron encontrados sus rastros. Pero una de ellas, una figura grotesca, «medio rana, medio demonio, medio hombre», según las palabras de un viejo pescador analfabeto, sí fue vista por unos momentos. Retornaron creyendo que Smith se había desvanecido usando sus artes diablescas. Al volver a la población, vieron los restos de la gallina en el suelo de la plaza y dedujeron que andaba suelto y se había dado un festin de sangre. Y al regresar a sus casas, ya del todo convencidos de que Smith era el mismo demonio, el pánico se acrecentó, dado que descubrieron que habían sido robados.

No sospecharon ni por medio instante del predicador, que tan impresionados los dejó con sus palabras, sino de nuevo de Smith. Los hombres están al borde de la locura, y sus dedos nerviosos, prestos a los gatillos, en disposición de disparar a lo primero que se asemejara a Smith o a un hombre demonio, como los que habían visto surgir de la casa quemada.

Smith tenía en el sótano de su casa, sin que él tuviera conocimiento de ello, eran cuatro Profundos. Estos aprovecharon las inundaciones para inadvertidamente introducirse dentro del pueblo, en su búsqueda de una estatuilla de jade, que curiosamente, es poseída por la tía Emelina. Es una talla de unos 15 cms. de alto, que muestra al gran Cthulhu emergiendo de las aguas. Dicha estatua tiene para ellos importancia, puesto que confiere al poseedor 3 puntos más de magia al día, y un punto de POD, siempre que el poseedor la lleve consigo más de 8 horas.

Dichos incrementos desaparecen si se está alejado de la estatua más de 12 horas. Dejando de lado estos beneficios, la estatuilla emite un aura que atrae a los Profundos hacia ella, en un radio de 15 metros. Los servidores de Cthulhu, buscan desde hace un par de semanas y por las noches la estatua; será solamente una cuestión de tiempo que la estatua acabé en sus manos. La estatua puede ser encontrada por los investigadores cuando estén recogiendo los enseres de la tía Emelina para la mudanza, o bien puede no ser hallada. La tía Emelina cree recordar que la estatua la compró en un mercadillo hace muchos años, pero no lo recuerda con exactitud.

Al llegar la noche, los habitantes del pueblo, atemorizados, montaron guardia. Los cuatro profundos, mientras, siguieron tras la estatua. Uno de los Profundos volvió a ser divisado. Se produjo el tiroteo y el griterío que narró Mammy Mae, pero no ocurrío nada más durante la noche. La estatua no fue encontrada.

Si se produce una búsqueda en la casa quemada de Smith, no se encontrará nada interesante ni de valor. Aunque se puede amenizar como se quiera la entrada, mediante el uso de las tiradas preceptivas. Unicamente en el sótano se encontrarán restos evidentes y gelatinosos de la estancia de los Profundos allí. Sin embargo, toda la zona es vigilada por unas patrullas armadas, con lo que si deciden entrar, tendrán que hacerlo con sigilo. De hecho, si se conversa con algún habitante, en otro momento, alguno recordará haber encontrado una gelatina rara y restos de algas dentro de su casa y de su jardín como hace una semana. Pero otros dicen haber olido azufre en algún momento. Sea como sea, los Profundos han decidido usar como escondrijo otra casa abandonada en el pueblo, de modo que por allí no volverán. Aunque ya se han visto huellas sospechosas en el barro…

Desenlace

La aventura concluirá en el momento que los investigadores se lleven la estatua del pueblo, o que los Profundos la recuperen. Si la estatua acaba en manos de los investigadores, cada uno de ellos se habrá ganado 1d6+1 de COR. Si además liberan a Smith y evitan que sea linchado, la recompensa será de 1d4. Si detienen o hacen que sea detenido al predicador y su cuadrilla, recibirán 1d3 más una recompensa a dividir de 200 $.


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Publicado el 16 diciembre, 2014 en La llamada de Cuthulu y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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